O a mi hermana, mi papá, el tío Anacleto. En estos días de cuarentena obligada o de aislamiento voluntario, hemos puesto a prueba la fortaleza de nuestros lazos. Y es fácil sentir que no son lo bastante resistentes. No es raro que pensemos que hemos perdido la cordura, y que queramos ahorcar a la persona que tenemos cerca.

La convivencia es siempre un reto, aun en condiciones normales. En este ambiente, nos hemos acostumbrado a la dinámica de cada uno, y cohabitamos con los defectos y virtudes del otro. Y aun así, nos cuesta, porque no son nosotros, no son iguales, ni tienen los mismos puntos de vista, ni piensan de la misma forma. Es por esto que cuando tenemos visitas alojadas o salimos a compartir vivienda con alguien, nos cuesta mucho dicha convivencia. Como reza el refrán, “los huéspedes y la pesca a los tres días apestan”. Claro, depende de cada caso.

Por consiguiente, no es de extrañarse que sentimientos agresivos afloren con aquellos con quienes vivo. No voy a tratar aquí de las personas con trastornos fisiológicos, psicológicos o sociales que incurren en el fenómeno de la violencia doméstica, pues ese tema tiene muchas más dimensiones y consideraciones. En términos normales, aunque queramos tirar a nuestro hijo por la ventana, no le ponemos un dedo encima porque controlamos nuestro sistema límbico (el cerebro emocional) con pensamientos racionales.

Entonces, ¿cómo llevar esos pensamientos racionales a un lugar donde no nos sintamos frustrados, heridos, vulnerados, golpeados? No es una respuesta fácil, y no hay una receta única. Sin embargo, podemos señalar dos puntos claves: amor y entendimiento. Si estamos viviendo con alguien, lo lógico es pensar que el amor nos ha juntado ahí: amor conyugal, fraternal, amical. Y si no lo hizo en un inicio, luego sí nos mantiene unidos. No por eso dejamos de ver las diferencias y las partes feas, simplemente entendimos que cada uno es como es y tiene una historia que le trajo acá.

Si comprendemos al otro y nos recordamos que queremos su bien, contamos con el combustible necesario para aguantar sus partes flacas y las mías. De todas formas hay que tener en cuenta que cuando estamos encerrados mucho tiempo, ese combustible comienza a escasear, y hay que hacer la lucha minuto a minuto para reponerlo. Porque no saldremos solos de esta situación, y es nuestra decisión saber si queremos vivirla en una batalla constante o en un clima de paz.

Voy a proponerme, por consiguiente, recordarme el amor y buscar la paz. Porque el bien común me trae bien a mí. Por difícil que sean estas luchas internas.

Quien conozca a los Beatles seguramente sabrá de qué habla el título. Aun si no los conocen (¿es posible?), es muy probable que alguna vez hayan oído esta magnífica canción sacada de su disco homónimo (conocido como “el doble álbum blanco”). Un menospreciado George Harrison había terminado de leer el I Ching, el antiguo libro chino de adivinación y –fiel a esos principios– pensó que el azar no existe, y escribiría una canción que ya estaba predestinado a escribir. Tomó un libro cualquiera, y en una página cualquiera leyó dos palabras cualquiera: “gently weeps”. Y creó uno de los temas más hermosos de la historia de la música popular.

Mientras mi guitarra llora suavemente

En una letra que no tiene desperdicio (incluso, se dio el lujo de sacar de ella frases igual de contundentes que las que quedaron), Harrison va desde lo pequeño a lo universal, del clima negativo y de competencia que latía en ese momento en el grupo de Liverpool, al mundo convulsionado en el que vivía. Y aun así, podía sonar tan íntimo (“miro al piso y veo que necesita barrerse”). Incluso la música pasa del tono menor, pesimista, al mayor más optimista: veo lo mal que está todo, pero supongo que es capaz de cambiar.

En estos tiempos pandémicos, podríamos ver hacia afuera y decir que no entendemos cómo hay gente que abusa, violenta, ignora u olvida al prójimo. Y sin embargo, mirar en nuestras cuatro paredes y ver que necesitamos barrer. ¿Lograremos aprender a vernos como parte de un conglomerado, donde cada esfuerzo para el crecimiento individual tenga el propósito de crear una sociedad más sana, libre y sólida? Donde el amor pueda desenvolverse, viendo esta crisis como una oportunidad, no un castigo o algo azaroso.

George veía ese amor universal durmiendo en cada ser humano, yo pienso que ahora es el momento en el que puede despertar. Todos vivimos la amenaza de la Covid-19, no solo en nuestra salud, sino en la economía y la organización social de cada uno de nosotros. George veía al mundo cambiando, y pienso que es ahora cuando en verdad tendrá que hacerlo. Comenzando por mí, comenzando por ti. Después de la pandemia nos salvará el amor universal. Mientras su guitarra, suavemente, ríe.