Quiero arrebatarte tu familia, estoy vigilando

En estos días parecería que es más fácil cederle terreno y victoria a ese enemigo que se le hace tan fácil arrinconarnos y ponernos contra las cuerdas. Ese enemigo es un viejo conocido que se camufla muy bien detrás de las circunstancias que nos rodean y que entra en nuestra zona de seguridad valiéndose de sus mejores armas: la sensación de miedo infundado y la respuesta emocional negativa a esos miedos.

 

Este enemigo que podría ser un contrincante temible es el famoso estrés , generalísimo mariscal de las huestes de los preocupados, desesperanzados y abrumados hombres del vaso a la mitad para abajo ¡Cuidado, que este enemigo no se anda con rodeos! ha venido a quitarte todo, la paz, la estabilidad y a quienes más amas: tu familia.

 

Así que depende de nosotros librar una batalla «inteligente» en la que o ganamos y tiramos esa fama abajo como castillo de naipes o nos dejamos abrumar por «el miedo» -del cual ya vamos a hablar- y le damos vía libre al estrés a que nos convierta en uno más de sus esclavizados.

 

En las tácticas de guerra, muchas de ellas de Sun Tzu , nos dicen que para hacer frente al enemigo de forma efectiva debemos ganar antes de empezar, sin ni siquiera encontrarlo en el campo de batalla. Para esto, primero tenemos que empezar identificando cuándo está cerca, esto quiere decir en nuestro caso, ser conscientes de los pensamientos que causan que los músculos del cuerpo se tensionen, que el estómago se hunda en un vacío inexistente, que las manos empiecen a sudar, etc». Estas reacciones se dan por una sensación de miedo, y es importante identificar si ese miedo se da por un peligro real -para lo cual se activa el mecanismo de defensa de nuestro cerebro reptiliano-, es decir, reacción impulsada por los instintos para la conservación de la especie; o si se trata de un «miedo infundado», es decir, un peligro que en realidad no está ahí porque es creación de una mente extremadamente preocupada o que es una amenaza que no me afecta directamente a mí pero dejo que destruya mi mundo interior; como por ejemplo en tiempos de esta pandemia: ¡qué tristes se van a poner mis hijos si tengo que cambiarles de colegio en el caso de que me despidan del trabajo o en el caso de que pierda mi negocio si esto no se reactiva rápido!, o ¿qué pasará si congelan las cuentas de banco a los que no pagan en más de 30 días sus impuestos?,  ¿podré pagar mis impuestos?,  ¿pasará la ley en la asamblea?,  ¿por qué es así de malo el gobierno?,  ¿por qué llueve tanto? 

 

No podemos permitir que la primera táctica de guerra del estrés  «el miedo infundado» -que ya lo hemos identificado gracias a nuestra tarea de «inteligencia militar anti estrés» – tome control de la situación porque, una vez que está adentro va secuestrando nuestra capacidad de resiliencia, pensamiento positivo y poco a poco va logrando su misión: someternos a un estado de desesperación, angustia, ansiedad y poca capacidad de reflexión. Así empieza la segunda táctica de su plan que es empujarnos a tomar decisiones apresuradas, guiadas por los instintos y las emociones y no por la razón. Lo malo de eso es que esas decisiones afectan directamente a los que más nos aman -que por lo general, son los que tenemos al lado-, a los que siéndolo o sin serlo, consideramos nuestra familia. Una mala contestación, una palabra fuerte, una ironía, una acción de brusquedad y hasta expresiones corporales negativas pueden clavarse muy profundo en el corazón de los que amamos y podemos hacerles mucho daño sin intención o sin darnos cuenta. Y si eso sucede, es ahí cuando empezamos a perder ante el estrés «la batalla por los que más amamos».

– En la segunda parte el plan de batalla para la victoria – 

Felipe Lizarzaburu

Director de comunicación y operaciones plataforma Lizarz

«Somos responsables y artífices de casi la totalidad de lo que nos sucede y no nos sucede. Pero más que nada de cómo reaccionamos a todo aquello».

Una de las películas protagonizadas por Sylvester Stallone que me gustan (quizás la única) es Pánico en el túnel. Si no la han visto, se las recomiendo, no tanto por su calidad cinematográfica (a la larga, una cinta de acción más), sino por la multiplicidad de mensajes aplicables a la vida. Para ustedes, advertencia: se vienen spoilers. Y pienso que podemos hacer paralelismos con la situación pandémica actual.

Salir del túnel como equipo, la única alternativa.
Salir del túnel como equipo, la única alternativa.

La trama se inicia como corresponde cualquier película catastrófica, con un grupo de gente que se ha salvado de la muerte y busca salir a la luz (el título original es “Daylight”, luz de día). Como nos sentimos todos quienes, felizmente, no hemos sido tocados por la Covid-19 y queremos que termine el confinamiento. O los sobrevivientes que se han visto afectados pero han luchado contra ella. Dos personas se ofrecen a rescatarlos: un taxista (que luego descubrimos que es un jefe del Servicio Médico de Emergencias, destituido a causa de un evento desgraciado y no muy claro), Kit Latura; y un deportista profesional adicto a la adrenalina, Roy Nord; el uno desde fuera, el otro desde dentro.

Muchas veces, el que se confía solamente de su fuerza y capacidad es quien termina sucumbiendo ante la realidad, como Nord en el filme. Al contrario, quien lo hace con prudencia (que viene de pro-videncia, ver antes) y llamado por la urgencia de salvar vidas más que por su propia sed de gloria, logra su objetivo, como Latura. Obediencia a la realidad, amor por el otro, confianza en el equipo son las claves del éxito en cualquier empresa, y se nos muestra en este largometraje.

Hay otro detalle interesante: uno de los jóvenes convictos atrapados en el túnel (Kareem) decide que él es el que manda, y no Kit. Piensa que por su historia violenta y alzando más la voz tiene más derecho de ser el jefe. Kit no discute, porque sabe que no llegará a nada a menos que todos colaboren. El verdadero liderazgo es este, pues no necesita un membrete de jefatura, sino que se echa el grupo al hombro para alcanzar el bien común. Los héroes anónimos que vemos hoy todos los días son eso, gente que no requiere un reconocimiento o un lugar jerárquico en el organigrama, pero con su trabajo logra cosas enormes y dignas de aplauso, apuntando al bien común.

Esta pandemia nos afecta a todos, sin distinción de ninguna clase, y si vamos a salir lo haremos juntos. Siguiendo a los líderes y no a los mandones de turno (como Roy o Kareem), sintiéndonos parte importante de la solución y no dando lugar al miedo. Hablando de esto, Stallone aceptó actuar en esta película para vencer a su fobia a los espacios cerrados. También dijo que sería su último filme de acción porque se estaba poniendo viejo (50 años), pero se ve que no fue así, pues ha hecho al menos quince más, lo cual es muestra de que siempre podemos dar más.

Cuando este coronavirus haya sido controlado, saldremos a lo que se ha llamado nueva normalidad. Normalidad, porque no será un estado excepcional como el que vivimos actualmente; nueva, porque nada podrá seguir siendo igual. De forma similar a quienes lograron de salir del túnel, habremos visto la luz, pero esa luz ya no será la misma de antes. Y nos descubriremos más fuertes, pues hemos resistido. Y lo seguiremos haciendo. Salir como equipo, la única alternativa.

Como dice el jefe Dennis Wilson en la película: “la persona que dice que no se puede hacer siempre es interrumpida por el que acaba de hacerlo”.

El liderazgo se distancia de la simple jefatura, sobre todo en cuanto a que el jefe dice a dónde ir, mientras el líder guía y camina junto al grupo. En un ejemplo de la vida diaria (aunque ahora no tan diaria), el jefe es el director técnico del equipo de fútbol, el líder es el capitán (el jugador que es conductor natural de sus compañeros). Pero hay veces en las que el capitán está lesionado, y aun así lo mantienen en la cancha, por necesidad o porque simplemente no hay otra persona que sea capaz de cumplir ese papel de la misma manera.

Hoy esto se ve menos en los campeonatos futbolísticos, porque los clubes funcionan como empresas a cargo de deportistas de alto rendimiento, y cada uno tiene reemplazos de primera. De todas formas, la imagen no pierde fuerza. Muchos llevamos aún en la mente la instantánea de un Beckenbauer terminando la semifinal del mundial de 1970 con el brazo en cabestrillo, y si bien no era el capitán de su equipo, sí era un referente y lo fue hasta el final.

Muchas veces el líder no está en su mejor momento. Se siente bajoneado, está angustiado, no encuentra salida a los problemas, se piensa sin apoyo. Es en estas circunstancias en donde podemos diferenciar al buen líder del mediocre. Aquel no suelta el brazalete de capitán, no tira la toalla, a menos que realmente no pueda ya aportar al grupo. Si puede, sigue influyendo aún desde su debilidad.

En estos tiempos de confinamiento por la pandemia de Covid-19, los líderes suelen estar lesionados. El padre de familia, el presidente de empresa, el ministro de estado, se encuentran sobrecargados, sobrepasados por sus responsabilidades y la escasez de recursos. Y sin embargo siguen adelante, con un miembro enyesado, pero con el equipo al hombro. Porque se sabe apoyar en los más sanos, en los más fuertes, en los más atentos para poder llevar a cabo la misión que les ha sido encomendada. Hacen, como dice el dicho local, “de tripas, corazón”, es decir, sacan de lo complicado algo positivo.

Si somos líderes y nos sentimos lesionados, apoyémonos en el equipo. Si somos parte de ese equipo y vemos débil a nuestro líder, ofrezcamos nuestro aporte y demos el doble de esfuerzo. Esta crisis de salud es -indudablemente- una crisis social y económica, e incluso política. Y no deja de tener connotaciones psicológicas. Por esto, no podemos olvidar que, o salimos juntos, o nos hundimos juntos.

Unos ven esta etapa como si estuviéramos todos en la misma barca, cada cual en un lugar y con una experiencia individual; otros la ven como estar en la misma tormenta, pero en distintas barcas. El caso es que no hay dos personas que estén viviendo lo mismo, aunque todos estemos influidos por un mismo condicionante: el SARS-CoV-2. Las consecuencias de todo esto dependerán de lo unidos que nos hallemos.

Todos debemos sacrificar algo para ganar al final. Como un equipo, como una comunidad.

Cuando comenzamos a conversar acerca de qué iba a ser Lizarz, muchas ideas se pusieron sobre el tapete. Empezamos a andar con algunas de ellas, otras fueron quedando encajonadas hasta nuevo aviso. La pandemia puso el foco en las TIC, porque han sido las herramientas que nos están permitiendo seguir adelante, a pesar del confinamiento, a pesar del distanciamiento. Sin embargo, ideas y herramientas son circunstanciales, porque lo que nunca ha cambiado es el propósito de Lizarz: dar contenido de valor para buscar el desarrollo humano a través del crecimiento personal.

Entonces yo pienso en una idea clave: formar. Pero toda formación comienza por uno mismo. Formarse para dar forma. Pensemos en la Piedad, de Miguel Ángel. Si el escultor hubiese sido un ente plasmático, no hubiera podido tomar el martillo y el cincel para dibujar algo en el frío mármol. Es más, el cincel y el martillo tampoco plasmarían nada si fuesen masas acuosas. Todo esto sería secundario, si el artista no hubiese tenido una idea clara de qué sacar de ese bloque de piedra, conocer las figuras, entender la composición: darle forma en su mente. Sin embargo, lo más importante es el propósito de esa escultura, que va más allá de lo meramente visual. El florentino no quería representar simplemente la muerte de Jesús, sino el abandono de la fe. No hay drama ni tragedia, hay serenidad. La forma final del bloque de mármol transmite paz, armonía y equilibrio, porque tiene un sentido que va más allá del simple encargo por el que se inició la obra.

Todo lo que hacemos debe comenzar por un fin (aunque suene paradójico). Si sé a dónde quiero llegar, no me importarán los obstáculos o los desvíos, y por difícil que resulte haré el camino feliz y entusiasmado. Miguel Ángel esculpió la Piedad por el prestigio y el dinero, claro, pero sobre todo para plasmar una idea mística, en un legado que llega a nuestros días y perdurará aún más. Por eso pudo dar forma a la roca, porque había dado forma a sus ideas y conocimientos, pues tenía sed de infinito.

En Lizarz no solo brindamos herramientas para cultivar sueños, sino que buscamos darle sentido a esos sueños. Solo entonces entendemos que podemos pasar las peores adversidades, pero el sueño seguirá intacto. Y para eso debemos darle forma, comenzando por darnos forma nosotros mismos. Formarse para dar forma. Y la formación no solo es adquirir conocimientos, sino crecer con propósito. Como la obra de arte de Miguel Ángel.

La semana anterior circulaba por internet un artículo publicado por Jeannie Suk Gersen, profesora de Derecho de la Universidad de Harvard, en que destacaba algunos aspectos positivos de la educación en línea a que nos vemos forzados los docentes. Entre varios aspectos, su valioso artículo enfatiza en que las clases online reducen la distancia con los estudiantes. El docente de derecho deja de estar parado detrás del podio frente a un auditorio y se convierte en una pantalla más en el aula virtual. Algunos han dejado de preocuparse por su apariencia y son más cercanos al estudiante porque le muestran una realidad más transparente, más cercana, más real. Coincido plenamente en que el profesor hoy tiene que ser más empático para romper las distancias de la tecnología.

Leer este artículo me hizo acuerdo de docentes que me dieron testimonio de cómo mejoran los resultados cuando se motiva al estudiante a apretar entre sus manos el barro para moldearlo. Tengo muy presentes a Wulf Kaal y Erick P.M. Vermeulen, quienes durante dos semanas me impartieron un curso sobre innovación disruptiva del derecho. Dos semanas en que aprendí mucho más que en un semestre entero y que me abrieron la mente sobre todos los cambios que promueven las nuevas tecnologías. Fue una clase impartida con absoluta transparencia y generosidad, instando la participación creativa de los estudiantes, que en el transcurso de esas dos semanas sacaban un proyecto empresarial y recibían comentarios enriquecedores para convertir los sueños en realidad. Trabajamos en conjunto para analizar de forma crítica las realidades y soñar empresas que se adapten a los cambios que impulsan las nuevas tecnologías en el ejercicio de la profesión. Para completar el combo, sus clases generaban relaciones muy fuertes entre docentes y estudiantes.

Recuerdo que cuando tomé esta clase en el año 2018 Wulf y Erick insistían en que los cambios para las profesiones vendrían sumamente rápido y que pronto la tecnología cambiaría la forma en que vivimos. Nos instaban a planificar nuestras vidas profesionales para que se adapten a esta nueva realidad. Nos repetían que estamos estudiando leyes pero que tenemos que pensar en que es probable que la profesión de abogado deje de existir como la conocemos. A pesar de su aptitud para adaptarse y predecir el futuro, no contaron con que vendría esta pandemia a acelerar los cambios aún más. No contaron con que hoy los docentes tendríamos que dejar las aulas para impartir clases en línea.

Los estudiantes pueden acceder a muchísima información en comparación con aquella a la que pudimos acceder las generaciones anteriores. No suena racional pararse a impartir tres horas de conocimientos en un horario determinado cuando los estudiantes pueden acceder a toda esa información y aprenderla en menor tiempo. Menos sentido tiene que hagamos lo mismo a través de cualquier plataforma. Los estudiantes necesitan interactuar con el docente de otra forma, aprender a investigar solos y usar las herramientas que les brinda la tecnología, convertirse en elementos proactivos de un mundo digital.

Las herramientas digitales nos permiten hacer la educación mucho más interesante. Hay que empezar a utilizar videos, podcasts, ampliar la experiencia del estudiante en clases a experiencias profesionales fuera de ellas. La experiencia en línea es mejor de lo que esperábamos. Ofrece libertad y flexibilidad. Ahorra el tiempo de transporte. En nuestro país todavía se tiene que trabajar en la conectividad a internet, pero hasta esto tiene soluciones como buscar alternativas que consuman poco ancho de banda. Tanto el docente como el estudiante tienen muy buenas herramientas online para impartir y asistir a clases.

Hay grandes oportunidades para la creatividad. Este semestre tuve un grupo de estudiantes que se atrevió a grabar un video creativo para presentar un tema jurídico a no abogados y los resultados fueron fabulosos.

Educar es actuar. Cuando das clases tienes que usar todas las herramientas que tienes a la mano. Pizarrón, sistemas de audio y video, entre otros. Esto hace que las clases sean entretenidas y fomenta la interacción. Solo en ese momento ocurre la magia.

La educación no puede luchar contra las circunstancias actuales, o ignorarlas. Es indispensable que las entendamos y nos adaptemos a ellas. En la era post-Covid-19 la clase se convertirá en una manifestación de este mundo. Después de todo, el mundo real es el mejor lugar para que los estudiantes y profesores se involucren, experimenten y aprendan. ¡Es momento de disrupción!