Cuando pensamos en superhéroes, pensamos en superpoderes. Esas cualidades que los hace únicos y capaces de vencer a sus archienemigos, defendiendo el honor, la justicia y el bien. Superman, habiendo venido de otro planeta, es prácticamente indestructible, poseedor de supervista y capacidad de volar. Spiderman tiene las habilidades de una araña, trepa paredes, lanza telarañas. Y Batman… ¿cuál es el superpoder de Batman? Es verdad que, como todos los personajes de cómic, Batman ha tenido varias versiones a lo largo de las épocas; sin embargo, existen algunas líneas básicas que le dan coherencia a su historia a través de los años, y de eso hablaremos.

Batman, el superhéroe que todos podemos ser

Muchas veces se ha dicho que lo que hace único a Batman son sus artilugios, sus armas: el batimovil, la baticomputadora, el baticinturón. Pero eso no es nada más que tecnología, que cualquiera de los villanos pudiera obtener (y de hecho, muchos la tienen). ¿Será, acaso su dinero? Siendo un multimillonario, le resulta cómodo poder producir todos esos aparatos e incluso tener el escondite perfecto para protegerse. Pero si fuera así, cualquier persona con dinero sería un superhéroe. Otros podrían decir que el universo de Batman suele ser menos exigente (más realista) que el del resto de héroes del cómic, y no necesita en realidad superpoderes pues sus enemigos tampoco los poseen. Y todos tienen razón en parte.

Bajo mi punto de vista, el superpoder de Batman es su mente. No únicamente considerada de forma simplista, como una persona de vasta inteligencia que le permite inventar artefactos que le ayudan en su lucha contra el crimen, sino también capacidades de deducción que se acercan a las del más ambicioso Sherlock Holmes. Dos cualidades que lo ayudan a ir un paso delante de sus enemigos. No solo eso: Batman es un resiliente. Por eso siempre será mi superhéroe favorito, desde pequeño.

Habiendo perdido a sus padres en un trágico asalto a mano armada cuando era niño, no se deja hundir por esta realidad de orfandad. No. Se reinventa. Recicla las emociones tristes y terroríficas de su estrés postraumático para crear al “vengador de la noche”, ese personaje oscuro que utiliza el miedo como su principal arma. Sí, tiene tecnología, pero no depende de ella. Sí, tiene inteligencia, pero la utiliza para enfrentar sus propias debilidades y convertirlas en fortalezas. Se entrena, se forma, se educa. Es un resiliente: no solo se adapta a lo que le tocó vivir, sino que saca algo nuevo de todo ese dolor. El árbol caído solo se adapta, el junco se vuelve a poner de pie y eso es resiliencia.

Batman es el verdadero héroe moderno, según el arquetipo homérico, arturiano o quijotesco; es decir, esos modelos culturales tomados de la Ilíada, las historias de los Caballeros de la Mesa Redonda o la obra fundamental de Cervantes. Aquel héroe que toma sus dificultades y las convierte en fortalezas. Recordemos, El superpoder de Batman es que es un resiliente. Batman podemos ser tú o yo, y eso es lo que le da mayor valor. No le dieron un poder de otro mundo ni tuvo un contacto con radiaciones especiales. Simplemente tomó un hecho traumático de su vida para transformarlo en un sentido trascendente: combatir el crimen. ¿No podemos hacer eso tú y yo con los crímenes cotidianos, comenzando por los nuestros? Quizás por eso mismo Batman tiene ese atractivo especial, aún después de ochenta años.

Saquemos al Batman que vive en nosotros, reinventemos nuestro sufrimiento para darle un sentido.

Una de las preguntas que nos trajo la pandemia es cómo manejar nuestro tiempo en el encierro. El desafío es mantener la mente sana frente el forzado cambio de rutina. ¿Cómo hacerlo si no podemos salir? ¿Cómo hacerlo si muchos de nosotros hemos perdido el contacto físico con familiares y amigos y con ello las conversaciones de apoyo? No solo que es posible hacerlo, sino que en nuestra mente (o quizá en nuestros pies) está una solución.

Recuerdo que hace unos meses cuando preguntaba a mis alumnos cómo les estaba yendo con la pandemia, hubo varios que me contaban que extrañaban hacer ejercicio porque era algo que les mantenía bien.

Estos últimos meses de pandemia he tenido que volver a tener conversaciones con mi yo interior para descubrir qué es esto del bienestar y en qué consiste. Me he preguntado muchas veces ¿Qué hacer para mantener la mente sana?

Me sirve bastante volver en el tiempo a esos momentos en que he logrado de una u otra forma equilibrar mi vida. Recuerdo cuando era estudiante en Minneapolis, ciudad donde el clima es inclemente en el invierno. Los que estaban a mi alrededor, tanto profesores, como compañeros locales, reiteraban que era importante que nos preocupemos por mantenernos bien física, mental y espiritualmente, porque el invierno puede causar estados de depresión.

Mi profesora de mediación repetía que la mente se relaja cuando uno camina y que caminar ayuda a encontrar la solución creativa para los problemas. También ayuda a mantener la mente sana. Ese año tuve la oportunidad de verificar los efectos positivos de caminar porque me veía forzado a caminar todos los días media hora a la universidad y media hora de regreso a casa. Ese tiempo de caminata no sólo me servía para armar en mi mente la estructura de mis tareas, sino que también lo utilizaba para la oración y para encontrar opciones y soluciones para varias situaciones familiares. Frecuentemente también me acompañaban en el camino las llamadas de mis amigos y familiares de Ecuador.

Desde que regresé a Ecuador y ahora que estamos en tiempos de pandemia, una de las cosas que más extraño son esos momentos de caminata, esos espacios de silencio en que me encuentro con mis fantasmas y mis superhéroes para fortalecerme en mis reflexiones, en mi oración y en mis amigos para cada una de mis luchas.

Caminar ayuda a que ese espacio en que te diriges a la universidad o el trabajo te reencuentres con tu mentalidad de estudio o trabajo y sanes lo que necesitas para entrar en ese espacio siendo tu mejor versión de estudiante o profesional. Asimismo, es una maravillosa práctica que en el camino de regreso a casa los pasos que das sirvan para dejar atrás tu versión de estudiante o profesional y regresar al hogar con tu mejor versión de padre, hijo, esposo, etc… No quiere decir que al dejar nuestra casa, lugar de trabajo o estudios, dejemos de ser profesionales, estudiantes, padres de familia, hijos o esposos, pero sí que a cada rol le demos la importancia que tiene en el momento que lo estamos ocupando. Lo mismo pasa en los espacios de amistad, de juego, de entretenimiento, de deporte, de atención a la salud, entre otros.

Este ejercicio mental también sirve para identificar lo que tenemos que sanar antes de participar en determinada actividad. Por eso no es recomendable que, si no podemos caminar, nuestro camino a la oficina o universidad a bordo de un vehículo se convierta en una lucha con otros conductores y que en general en cualquier tipo de transporte nuestras preocupaciones nos invadan a tal nivel que no tengamos ese espacio para separar nuestras actividades, respirar entre ellas y preocuparnos de ese sistema que habita en nuestro interior.

TIP PARA MANTENER LA MENTE SANA

Los expertos recomiendan que, en tiempos de pandemia, al vernos confinados en nuestros hogares, definamos los espacios que ocupamos dentro de ellos para trabajar, hacer deporte, estar con la familia, entre otros. Pese a que tenemos más tiempo para trabajar, debemos detenernos entre espacio y espacio para preparar nuestra mente para la actividad que realizaremos a continuación. Es recomendable que distingamos los momentos de estudio de los momentos de trabajo, los momentos en familia y los momentos para hacer ejercicio, y que entre momento y momento nos preparemos mentalmente para poder entregar lo mejor de nosotros en nuestra siguiente actividad.

Para eso puedes darte un momento de silencio, cerrar los ojos, respirar profundamente y pensar en qué harás y las personas que te acompañarán en esa tarea, especialmente en el momento de crecimiento que quieres brindarles. Tal como en un buen discurso, el silencio enfatiza el pasado y crea una expectación sobre el futuro. Y qué mejor si, para despejarte, a lo anterior agregas caminar solo en un espacio. Te aseguro que vas a mantener la mente sana y eso colaborará con tu estado de ánimo.

La famosa regla de las tres R de la ecología, es una propuesta sobre hábitos de consumo (Reducir, Reutilizar, Reciclar) que permite manejar mejor los recursos y proteger al medio ambiente de una excesiva acumulación de desechos. Los mismos principios pueden ser aplicados con los recursos emocionales, como lo hizo Vincent van Gogh.

El libro “La ley del camión de basura”, publicado simplemente como «Reciclaje emocional» en español, de David J.Pollay, relata la historia de un taxista que le inspiró a escribir sobre esto. Pollay iba en un taxi y en un momento otro automóvil se le atravesó. Su conductor, en lugar de pedir disculpas o algo por el estilo, se baja enojado y comienza a insultar al taxista. Este reacciona saludando y deseándole un buen día. Esta actitud sorprende al autor, quien le cuestiona que, si ese individuo era el culpable cómo podía estar tan calmado. El taxista le explicó que muchas personas son como un camión de la basura: van por la vida llenos de “basura” (ira, frustración, tristeza), y mientras más acumulan, más necesitan descargarla. Si permitimos que lo hagan sobre nosotros, nos pueden arruinar el día, así que no hay que tomarlo personal y seguir adelante.

Vincent van Gogh hizo algo así con su arte. Y sobre todo lo podemos notar en las casi cien pinturas que realizó en un corto período de algo más de dos meses, durante su estadía en Auvers-sur-Oise, en 1890. Habiendo pasado varios años luchando con sus trastornos mentales y dolencias físicas, que lo llevaban a recluirse por propia voluntad en sanatorios, termina en este pueblito de alrededor de dos mil habitantes al nororiente de París. A él llega buscando la paz y sobre todo la ayuda de un médico muy conocido entre los pintores de la época: Paul Gachet. Pintor aficionado él mismo, había dedicado muchos años al estudio científico de las emociones, desde antes de que la psicología inicie aún como ciencia experimental.

Acompañado por Gachet comienza a dar una nueva dimensión a su arte como medio para aprovechar su universo emotivo en una obra que trascienda su propia vida. Atrás queda su infancia atormentada, los reformatorios y la rígida disciplina de la casa paterna. Atrás sus complejas relaciones amorosas, muchas veces no correspondidas. Atrás su fracaso como pastor de la Iglesia Reformada Neerlandesa por culpa de su excesivo celo religioso y carácter rebelde. Atrás también todos los rechazos por parte de la Academia y las amistades conflictivas con otros pintores. Ahora estaba en calma, pintando. Toda su ira, todo su dolor, se traducía en hermosos cuadros de colores brillantes, como el de La iglesia de Auvers-sur-Oise.

La hermosa pintura de van Gogh sobre la iglesia de Nuestra Señora de la Asunción

¿Cómo aplicar las 3R según estos modelos?

1. Reducir. Significa quedarse con lo básico. Muchas veces nos cargamos de emociones (normalmente negativas) ante cualquier cosa pequeña. Van Gogh dejó de sentirse juzgado por sus pares y comenzó a pintar apasionadamente, llevado por su sed de infinito. Por esto, si una emoción no nos sirve, no la guardemos, dejémosla pasar.

2. Reutilizar. Significa volver a usar lo que parece inservible. Es frecuente sentir que nuestras emociones son solo basura y las desechamos. Cuando Vincent asumió que no podía huir de su pasado, no quiso desentenderse. Buscó curarse, usando esas viejas emociones e impregnándolas en sus lienzos. Así, nuestras emociones no solo pueden convertirse en obras de arte, sino que podemos sacar lecciones de vida de ellas.

3. Reciclar. Significa hacer de un desecho algo nuevo. No es raro encontrarnos a nosotros mismos rumiando una antigua pena y no darle una respuesta adecuada. Vincent van Gogh tomó sus dramáticas historias y no las pintó, sino que las transformó en arte bellísimo y luminoso que hablaba de lo maravilloso de la naturaleza y el alma humana. Podemos encontrar darles una forma nueva a nuestras emociones, transformar la tristeza o frustración en algo que trascienda nuestra vida, en un proyecto que le dé sentido a todo esfuerzo.

Van Gogh supo reducir, reutilizar y reciclar sus emociones. Somos capaces también de tomar las nuestras y saber usarlas adecuadamente, sin que nos controlen. De evitar los camiones de la basura, sin ser nosotros mismos uno de ellos. Basta con decidirlo, aunque cueste mucho trabajo. Aunque nos tome la vida, como dijo Vincent en su última carta.

Reducir, reutilizar y reciclar emociones con amor, por amor. Hasta el infinito, y más allá.

Muchas veces, el liderazgo de una persona se ve enmascarado por los acontecimientos. Aquel líder designado puede no estar a la altura de la circunstancia, no porque no tenga la voluntad o las capacidades, sino porque las condiciones han cambiado. Entonces surge el líder natural para tomar la posta, aún sin reconocimiento y sin que nadie se lo diga. Simplemente porque alguien debía hacerlo y él siente que tiene que ser ese alguien.

Un caso muy dramático que grafica esto es el de los jóvenes uruguayos, pertenecientes a un equipo de rugby, que en 1972 cayeron en un accidente de aviación en medio de los Andes y terminaron sobreviviendo dos meses y medio en las condiciones más inclementes. Marcelo Pérez, el capitán del equipo, fue el primer líder en comenzar a ponerse de pie luego del percance. En parte, porque se sentía responsable de sus compañeros y, por otro lado, por haber sido quien instrumentó el viaje. Organizó a los ilesos para poder rescatar al resto de pasajeros supervivientes, despejando el fuselaje con el fin de pasar la noche. Racionó la escasa provisión de bebida y alimento que tenía el grupo. También puso a trabajar al equipo de manera ordenada en la elaboración de ingeniosos utensilios que permitieron su sostenimiento en la montaña. Sin embargo, cuando a los 10 días se enteran de que dejaron de buscarlos, el capitán se desploma. Lamentablemente, menos de una semana después, se produjo un alud que sepultó los restos del avión y ocho personas más murieron asfixiadas bajo la nieve, entre ellas Marcelo Pérez.

Roy Harley logró cavar para recuperar a los que quedaron bajo la nieve. Uno de los que fueron salvados fue Roberto Canessa, quien estaba iniciando sus estudios de medicina, y que inició la labor de curación de los que habían sido librados de estos desastres. Él fue uno de los primeros en pasar de la pasividad de esperar que llegaran las operaciones de rescate, a intentar salir por ellos mismos. Y fue quien tomó la difícil y macabra, pero necesaria, iniciativa de sacar los cuerpos de los fallecidos del fuselaje y que sirvieran de alimento para poder sustentar sus débiles humanidades. Participó en las distintas excursiones que buscaban esa puerta de escape de la inhóspita cordillera. Y fue quien llegó a los Maitenes, en Chile, para al fin encontrar ese tan ansiado salvamento, junto con Fernando Parrado.

“Nando” Parrado merece un análisis aparte. Luego de que el avión se estrella, Parrado es dado por muerto durante tres días, pero se repone y logra sostener los últimos momentos de su hermana, quien lo acompañaba en el vuelo junto con su madre, que muere al instante. A pesar de esos dolores y de que en algún momento pensó que no daba más, se levanta y lidera las expediciones en busca de una salida a ese infierno nevado. Y cuando la última de ellas, acompañado por Canessa y Antonio Vizintín (quien sufre una lesión y debe volver a los restos del avión), parece no tener buen futuro, pues sólo pueden ver montañas a su alrededor y sienten su empresa culminar en derrota, es quien toma la decisión y se la dice a Roberto: o se quedaban ahí y morían, o seguían y morían luchando.

Nuestras montañas pueden ser muy variadas, según lo que a cada grupo, empresa o comunidad le toca. Pero el líder natural, que es muchas veces quien menos se espera, el que se “da por muerto”, termina conduciendo a todos hacia la solución, hacia la salvación. Nosotros podemos ser ese líder, si asumimos que si no lo hacemos tal vez nadie tenga la entereza para hacerlo. Lo único que se necesita es tomar esa decisión: por difícil que se vea el camino, la opción es detenerse o morir en la lucha. Es decir, no hay peor pelea que la que no se enfrenta. Es solo una cuestión de actitud.

La “Sociedad de la Nieve”, como se llamaron, funcionaron como el equipo de amigos que eran, y eso fue un elemento importantísimo para salir de ahí. Pero necesitaban quién los conduzca. Y Canessa y Parrado fueron esos líderes naturales que supieron echarse el equipo al hombro cuando todo parecía perdido, simplemente porque podían. Aunque no lo tomaran así, como se puede entender en estas palabras de Nando, “¿quién quiere ser líder de unos condenados a muerte?”.

El líder natural da el primer paso aun cuando sienta que no puede más.

En los campos de concentración, los nazis crearon orquestas a manera de entretenimiento. Lo que no sabían es que lo que ellos habían concebido como una forma de humillación y sometimiento para los prisioneros, se convertiría en una salida al dolor y la muerte que estos respiraban día a día. La SS señaló a músicos en los campos para que organizaran grupos de personas que pudieran tocar mientras ellos estaban en el comedor o recibían visitas oficiales, como una especie de cortesanos medievales. Sin embargo, estas personas habían encontrado un impulso de libertad en este oficio, brindando alegría no solo a ellos mismos, sino al resto de confinados.

En Lizarz entendemos que el hombre busca la belleza incluso en los momentos más difíciles, no únicamente como una distracción a su sufrimiento, sino como un impulso para salir de él. Nace en el corazón del hombre y lo lleva a las estrellas. Y la búsqueda de lo bello es una empresa que se realiza en comunidad. No se puede crear algo, por precioso que sea, para guardarlo en un cajón o esconderlo bajo la cama, porque pierde el sentido. Se crea con el fin de mostrarlo, compartirlo, e incluso generar un cambio.

Música y libertad en los campos de concentración.

Viktor Frankl, quien estuvo en los campos de concentración y perdió a varios familiares y amigos ahí, decía que no había encontrado gente más libre que muchos de sus compañeros de campo. En esta aparente contradicción reside la esencia del ser humano: la libertad se encuentra en el interior más que en el exterior, porque no depende de las circunstancias sino de nuestra disposición hacia nuestros sueños. Y la belleza es un vehículo que nos lleva hacia ellos. La belleza como respuesta a la adversidad.

Cuando los obstáculos que encontramos en nuestras empresas nos tiran abajo, lo bello nos tiende la mano para levantarnos. Porque es una representación del orden, el equilibrio, la fuerza humana. Nuestras vidas, aún sin notarlo, están rodeadas de belleza: el canto de los pájaros, las noches estrelladas, las puestas de sol; la música con la que nos despertamos, la película que vemos para descansar, la novela que leemos para entretenernos. Y también está presente en nuestros peores momentos: las canciones que nos ayudan a evadir la depresión, el arte que nos anima a salir adelante. Como la flor que nace en el cemento, la belleza se abre paso en las pruebas que enfrentamos.

El viejo adagio de “la comida entra por los ojos” tiene que ver con esto: a nadie le provoca comer algo que se ve desagradable. Por eso, en Lizarz buscamos que lo hermoso y proporcionado sea la muestra de un contenido profundo, valioso y humano. Pretendemos que lo que agrade a los sentidos sea la puerta que nos conduce a un material que nos apoye en nuestro crecimiento, y contagiar esa ansia de lo bello, lo bueno, lo verdadero como camino hasta nuestros ideales más grandes y más universales.

La belleza como respuesta a la adversidad, como trampolín hacia el infinito.

 

Plan de victoria

 

Entonces en este cruento enfrentamiento bélico-emocional-mental contra el estrés, nuestro plan de victoria será el siguiente, después de haber estudiado muy bien al enemigo -sus capacidades, sus tácticas y sus movimientos previos- y después de haber determinado si los pensamientos que tengo de alerta ante la situación externa empiezan a convertirse en miedos infundados; podremos desplegar nuestra estrategia de defensa y contra ataque planteada en estas acciones:

 

– Determinar el campo de batalla a mi favor. Sun Tzu nos enseña a escoger el mejor lugar en el campo de batalla se dé la misma o no, esto nos ayudará a tener una ventaja de entrada. Entonces vamos a enfrentar a los estímulos externos desde una posición adelantada y de ventaja. Escribir en un diario de notas cuáles pueden ser todos los factores que me causen estrés, describirlos a profundidad y visualizarnos frente a esas problemáticas pero desde una posición de poder y plantear ¿qué debería tener yo, o dónde debería estar para superar esta problemática fácilmente? Una vez  que encontremos estas herramientas pasamos a la siguiente fase.

 

– Entender bien que la herramienta propagandística de guerra del estrés es la preocupación. Por ejemplo: «preocupación porque me van a asignar más trabajo en la oficina y ya estoy demasiado explotado». Y aquí es cuando entra el miedo: «y no puedo dejar esto porque ¿cómo voy a mantener a mi familia? ¿cómo van a vivir mis hijos?» La herramienta propagandística hizo efecto y causó mucho miedo. Sí, es una realidad que la persona de este ejemplo no puede simplemente abandonar su trabajo y que es terrible estar en una situación de explotación. Pero la clave es enfrentar esa preocupación desde la solución misma a lo que causa esa preocupación, enfrentar proponiendo soluciones para terminar con la explotación y que le reconozcan sus horas reglamentarias o, bancarse por un tiempo más el trabajo pero con el objetivo en mente de ahorrar al máximo posible para pronto poder renunciar, o poner todos los medios posibles para buscar y encontrar nuevas posibilidades mientras se la aguanta  en su posición laboral actual con esperanza en que va a estar mejor. Y acá pasamos a la tercera acción.

 

– No sobrevalorar ni subestimar al enemigo, pero principalmente no sobrevalorarlo para poder encontrar más fácilmente esas debilidades y  contra atacarlas. ¿Cuál es la debilidad de los miedos infundados? Precisamente que no son realidades concretas y son suposiciones en la mayoría de los casos. Entonces al no existir podemos atacarla desde ahí desde el imaginario. Tony Robbins nos enseña en su táctica de los 90 segundos para eliminar el estrés y la ansiedad a «cerrar los ojos por 90 segundos y visualizar este miedo concreto como una ola o niebla que está pasando frente a nosotros», no que viene hacia nosotros, sino como ver pasar la corriente de un río. Mientras está pasando es cuando me doy cuenta de que ese problema, ese miedo no estaba en mí, estaba afuera. Respiramos profundamente durante los 90 segundos y mientras esa niebla o bruma se va, vemos todo lo que conllevaba ese problema que se aleja metido en esa niebla o ahogado en esa ola. Hasta que desaparece, el cielo brilla y el sol cálido nos abraza en medio del paisaje que más nos guste. Esto del sol y del paisaje es una licencia que me he tomado con el ejercicio de Tony, pero que me ha funcionado de maravilla.

 

– Resiliencia y fortaleza. Finalmente cuando el enemigo está prácticamente derrotado sabemos que hay las siguientes opciones: fue totalmente aniquilado y nunca volverá; o lo vencí pero se fue en retirada y tal vez algún día volverá y para eso me prepararé; o lo capturé, está dominado y no lo soltaré nunca más porque si se escapa puede volverse contra mí; esto principalmente  se da en el caso de lidiar con miedos que nacen de problemáticas internas que hay que trabajar más a profundidad en terapia o espiritualmente, pero que en lo cotidiano son miedos que sabemos que no son reales y que más bien parten de fobias o perspectivas de la realidad muy personales.

 

Si aplicamos esta estrategia o buscamos otras herramientas en el vasto  océano de posibilidades de desarrollo personal que existen, podremos cuidar a quienes tanto amamos desde el bienestar y la estabilidad personal. Si uno se fortalece puede sostener a los demás, si estamos débiles no vamos a tener la fuerza de sostener a nadie y los problemas van a terminar por aplastar el hermoso milagro de la convivencia en familia. Porque se puede convivir amándose en base a la comprensión, al respeto mutuo, a la generosidad que es abandonar mis deseos en pro de compartir el deseo de los que amo y balancear todo en armonía. Pero como todo en la vida, esto también es una lucha, una batalla:

 

«La batalla por los que amamos».

 

Felipe Lizarzaburu

Director de comunicación y operaciones plataforma Lizarz

«Somos responsables y artífices de casi la totalidad de lo que nos sucede y no nos sucede. Pero más que nada de cómo reaccionamos a todo aquello».

 

 

Quiero arrebatarte tu familia, estoy vigilando

En estos días parecería que es más fácil cederle terreno y victoria a ese enemigo que se le hace tan fácil arrinconarnos y ponernos contra las cuerdas. Ese enemigo es un viejo conocido que se camufla muy bien detrás de las circunstancias que nos rodean y que entra en nuestra zona de seguridad valiéndose de sus mejores armas: la sensación de miedo infundado y la respuesta emocional negativa a esos miedos.

 

Este enemigo que podría ser un contrincante temible es el famoso estrés , generalísimo mariscal de las huestes de los preocupados, desesperanzados y abrumados hombres del vaso a la mitad para abajo ¡Cuidado, que este enemigo no se anda con rodeos! ha venido a quitarte todo, la paz, la estabilidad y a quienes más amas: tu familia.

 

Así que depende de nosotros librar una batalla «inteligente» en la que o ganamos y tiramos esa fama abajo como castillo de naipes o nos dejamos abrumar por «el miedo» -del cual ya vamos a hablar- y le damos vía libre al estrés a que nos convierta en uno más de sus esclavizados.

 

En las tácticas de guerra, muchas de ellas de Sun Tzu , nos dicen que para hacer frente al enemigo de forma efectiva debemos ganar antes de empezar, sin ni siquiera encontrarlo en el campo de batalla. Para esto, primero tenemos que empezar identificando cuándo está cerca, esto quiere decir en nuestro caso, ser conscientes de los pensamientos que causan que los músculos del cuerpo se tensionen, que el estómago se hunda en un vacío inexistente, que las manos empiecen a sudar, etc». Estas reacciones se dan por una sensación de miedo, y es importante identificar si ese miedo se da por un peligro real -para lo cual se activa el mecanismo de defensa de nuestro cerebro reptiliano-, es decir, reacción impulsada por los instintos para la conservación de la especie; o si se trata de un «miedo infundado», es decir, un peligro que en realidad no está ahí porque es creación de una mente extremadamente preocupada o que es una amenaza que no me afecta directamente a mí pero dejo que destruya mi mundo interior; como por ejemplo en tiempos de esta pandemia: ¡qué tristes se van a poner mis hijos si tengo que cambiarles de colegio en el caso de que me despidan del trabajo o en el caso de que pierda mi negocio si esto no se reactiva rápido!, o ¿qué pasará si congelan las cuentas de banco a los que no pagan en más de 30 días sus impuestos?,  ¿podré pagar mis impuestos?,  ¿pasará la ley en la asamblea?,  ¿por qué es así de malo el gobierno?,  ¿por qué llueve tanto? 

 

No podemos permitir que la primera táctica de guerra del estrés  «el miedo infundado» -que ya lo hemos identificado gracias a nuestra tarea de «inteligencia militar anti estrés» – tome control de la situación porque, una vez que está adentro va secuestrando nuestra capacidad de resiliencia, pensamiento positivo y poco a poco va logrando su misión: someternos a un estado de desesperación, angustia, ansiedad y poca capacidad de reflexión. Así empieza la segunda táctica de su plan que es empujarnos a tomar decisiones apresuradas, guiadas por los instintos y las emociones y no por la razón. Lo malo de eso es que esas decisiones afectan directamente a los que más nos aman -que por lo general, son los que tenemos al lado-, a los que siéndolo o sin serlo, consideramos nuestra familia. Una mala contestación, una palabra fuerte, una ironía, una acción de brusquedad y hasta expresiones corporales negativas pueden clavarse muy profundo en el corazón de los que amamos y podemos hacerles mucho daño sin intención o sin darnos cuenta. Y si eso sucede, es ahí cuando empezamos a perder ante el estrés «la batalla por los que más amamos».

– En la segunda parte el plan de batalla para la victoria – 

Felipe Lizarzaburu

Director de comunicación y operaciones plataforma Lizarz

«Somos responsables y artífices de casi la totalidad de lo que nos sucede y no nos sucede. Pero más que nada de cómo reaccionamos a todo aquello».

Una de las películas protagonizadas por Sylvester Stallone que me gustan (quizás la única) es Pánico en el túnel. Si no la han visto, se las recomiendo, no tanto por su calidad cinematográfica (a la larga, una cinta de acción más), sino por la multiplicidad de mensajes aplicables a la vida. Para ustedes, advertencia: se vienen spoilers. Y pienso que podemos hacer paralelismos con la situación pandémica actual.

Salir del túnel como equipo, la única alternativa.
Salir del túnel como equipo, la única alternativa.

La trama se inicia como corresponde cualquier película catastrófica, con un grupo de gente que se ha salvado de la muerte y busca salir a la luz (el título original es “Daylight”, luz de día). Como nos sentimos todos quienes, felizmente, no hemos sido tocados por la Covid-19 y queremos que termine el confinamiento. O los sobrevivientes que se han visto afectados pero han luchado contra ella. Dos personas se ofrecen a rescatarlos: un taxista (que luego descubrimos que es un jefe del Servicio Médico de Emergencias, destituido a causa de un evento desgraciado y no muy claro), Kit Latura; y un deportista profesional adicto a la adrenalina, Roy Nord; el uno desde fuera, el otro desde dentro.

Muchas veces, el que se confía solamente de su fuerza y capacidad es quien termina sucumbiendo ante la realidad, como Nord en el filme. Al contrario, quien lo hace con prudencia (que viene de pro-videncia, ver antes) y llamado por la urgencia de salvar vidas más que por su propia sed de gloria, logra su objetivo, como Latura. Obediencia a la realidad, amor por el otro, confianza en el equipo son las claves del éxito en cualquier empresa, y se nos muestra en este largometraje.

Hay otro detalle interesante: uno de los jóvenes convictos atrapados en el túnel (Kareem) decide que él es el que manda, y no Kit. Piensa que por su historia violenta y alzando más la voz tiene más derecho de ser el jefe. Kit no discute, porque sabe que no llegará a nada a menos que todos colaboren. El verdadero liderazgo es este, pues no necesita un membrete de jefatura, sino que se echa el grupo al hombro para alcanzar el bien común. Los héroes anónimos que vemos hoy todos los días son eso, gente que no requiere un reconocimiento o un lugar jerárquico en el organigrama, pero con su trabajo logra cosas enormes y dignas de aplauso, apuntando al bien común.

Esta pandemia nos afecta a todos, sin distinción de ninguna clase, y si vamos a salir lo haremos juntos. Siguiendo a los líderes y no a los mandones de turno (como Roy o Kareem), sintiéndonos parte importante de la solución y no dando lugar al miedo. Hablando de esto, Stallone aceptó actuar en esta película para vencer a su fobia a los espacios cerrados. También dijo que sería su último filme de acción porque se estaba poniendo viejo (50 años), pero se ve que no fue así, pues ha hecho al menos quince más, lo cual es muestra de que siempre podemos dar más.

Cuando este coronavirus haya sido controlado, saldremos a lo que se ha llamado nueva normalidad. Normalidad, porque no será un estado excepcional como el que vivimos actualmente; nueva, porque nada podrá seguir siendo igual. De forma similar a quienes lograron de salir del túnel, habremos visto la luz, pero esa luz ya no será la misma de antes. Y nos descubriremos más fuertes, pues hemos resistido. Y lo seguiremos haciendo. Salir como equipo, la única alternativa.

Como dice el jefe Dennis Wilson en la película: “la persona que dice que no se puede hacer siempre es interrumpida por el que acaba de hacerlo”.

El liderazgo se distancia de la simple jefatura, sobre todo en cuanto a que el jefe dice a dónde ir, mientras el líder guía y camina junto al grupo. En un ejemplo de la vida diaria (aunque ahora no tan diaria), el jefe es el director técnico del equipo de fútbol, el líder es el capitán (el jugador que es conductor natural de sus compañeros). Pero hay veces en las que el capitán está lesionado, y aun así lo mantienen en la cancha, por necesidad o porque simplemente no hay otra persona que sea capaz de cumplir ese papel de la misma manera.

Hoy esto se ve menos en los campeonatos futbolísticos, porque los clubes funcionan como empresas a cargo de deportistas de alto rendimiento, y cada uno tiene reemplazos de primera. De todas formas, la imagen no pierde fuerza. Muchos llevamos aún en la mente la instantánea de un Beckenbauer terminando la semifinal del mundial de 1970 con el brazo en cabestrillo, y si bien no era el capitán de su equipo, sí era un referente y lo fue hasta el final.

Muchas veces el líder no está en su mejor momento. Se siente bajoneado, está angustiado, no encuentra salida a los problemas, se piensa sin apoyo. Es en estas circunstancias en donde podemos diferenciar al buen líder del mediocre. Aquel no suelta el brazalete de capitán, no tira la toalla, a menos que realmente no pueda ya aportar al grupo. Si puede, sigue influyendo aún desde su debilidad.

En estos tiempos de confinamiento por la pandemia de Covid-19, los líderes suelen estar lesionados. El padre de familia, el presidente de empresa, el ministro de estado, se encuentran sobrecargados, sobrepasados por sus responsabilidades y la escasez de recursos. Y sin embargo siguen adelante, con un miembro enyesado, pero con el equipo al hombro. Porque se sabe apoyar en los más sanos, en los más fuertes, en los más atentos para poder llevar a cabo la misión que les ha sido encomendada. Hacen, como dice el dicho local, “de tripas, corazón”, es decir, sacan de lo complicado algo positivo.

Si somos líderes y nos sentimos lesionados, apoyémonos en el equipo. Si somos parte de ese equipo y vemos débil a nuestro líder, ofrezcamos nuestro aporte y demos el doble de esfuerzo. Esta crisis de salud es -indudablemente- una crisis social y económica, e incluso política. Y no deja de tener connotaciones psicológicas. Por esto, no podemos olvidar que, o salimos juntos, o nos hundimos juntos.

Unos ven esta etapa como si estuviéramos todos en la misma barca, cada cual en un lugar y con una experiencia individual; otros la ven como estar en la misma tormenta, pero en distintas barcas. El caso es que no hay dos personas que estén viviendo lo mismo, aunque todos estemos influidos por un mismo condicionante: el SARS-CoV-2. Las consecuencias de todo esto dependerán de lo unidos que nos hallemos.

Todos debemos sacrificar algo para ganar al final. Como un equipo, como una comunidad.

Cuando comenzamos a conversar acerca de qué iba a ser Lizarz, muchas ideas se pusieron sobre el tapete. Empezamos a andar con algunas de ellas, otras fueron quedando encajonadas hasta nuevo aviso. La pandemia puso el foco en las TIC, porque han sido las herramientas que nos están permitiendo seguir adelante, a pesar del confinamiento, a pesar del distanciamiento. Sin embargo, ideas y herramientas son circunstanciales, porque lo que nunca ha cambiado es el propósito de Lizarz: dar contenido de valor para buscar el desarrollo humano a través del crecimiento personal.

Entonces yo pienso en una idea clave: formar. Pero toda formación comienza por uno mismo. Formarse para dar forma. Pensemos en la Piedad, de Miguel Ángel. Si el escultor hubiese sido un ente plasmático, no hubiera podido tomar el martillo y el cincel para dibujar algo en el frío mármol. Es más, el cincel y el martillo tampoco plasmarían nada si fuesen masas acuosas. Todo esto sería secundario, si el artista no hubiese tenido una idea clara de qué sacar de ese bloque de piedra, conocer las figuras, entender la composición: darle forma en su mente. Sin embargo, lo más importante es el propósito de esa escultura, que va más allá de lo meramente visual. El florentino no quería representar simplemente la muerte de Jesús, sino el abandono de la fe. No hay drama ni tragedia, hay serenidad. La forma final del bloque de mármol transmite paz, armonía y equilibrio, porque tiene un sentido que va más allá del simple encargo por el que se inició la obra.

Todo lo que hacemos debe comenzar por un fin (aunque suene paradójico). Si sé a dónde quiero llegar, no me importarán los obstáculos o los desvíos, y por difícil que resulte haré el camino feliz y entusiasmado. Miguel Ángel esculpió la Piedad por el prestigio y el dinero, claro, pero sobre todo para plasmar una idea mística, en un legado que llega a nuestros días y perdurará aún más. Por eso pudo dar forma a la roca, porque había dado forma a sus ideas y conocimientos, pues tenía sed de infinito.

En Lizarz no solo brindamos herramientas para cultivar sueños, sino que buscamos darle sentido a esos sueños. Solo entonces entendemos que podemos pasar las peores adversidades, pero el sueño seguirá intacto. Y para eso debemos darle forma, comenzando por darnos forma nosotros mismos. Formarse para dar forma. Y la formación no solo es adquirir conocimientos, sino crecer con propósito. Como la obra de arte de Miguel Ángel.